
Hay bodas que se filman y hay bodas que se acompañan. La de Daniel y Judith fue de las segundas.
Cuando llegamos ese día ya sabíamos que no íbamos a grabar solo una ceremonia, sino el capítulo donde dos personas que ya eran esposos ante la ley colombiana decidían presentarse, esta vez, delante de Dios.
La ceremonia religiosa estuvo cargada de un peso distinto al de cualquier boda convencional. El pastor abrió el momento con una oración y una reflexión que se quedó en el aire durante toda la noche: el matrimonio como la aventura más espectacular de la vida, distinta a escalar una montaña o navegar aguas rápidas, porque esta no termina cuando se acaba el viaje. Citó Génesis 2:24 —”serán una sola carne”— y cerró con Eclesiastés 4:9-12, ese pasaje que dice que dos son mejor que uno, porque si uno cae, el otro lo levanta..



Fotografía: Samir Salazar
Y ese versículo no fue solo una lectura bonita para el día. Fue, literalmente, el lema que Daniel usó para explicar su amor por Judith en los votos, apoyándose —cómo no— en una referencia futbolera: la relación entre Teo Gutiérrez y el Junior de Barranquilla, esos momentos en que un equipo levanta a otro cuando más lo necesita. Judith, por su parte, habló de la seguridad que Daniel le ha dado desde el primer día, de la “roca” sobre la que construyen su relación, y de las promesas que le hace no solo a él, sino a Dios, a sus papás y a sus suegros.
Hubo instantes que como equipo detrás de cámara no nos cansamos de capturar: el momento en que se colocaron los anillos —fundidos con piezas de oro de sus propias familias—, la ceremonia de arena representando a Dios en el centro de su unión, y la comunión que tomaron juntos antes de ser declarados marido y mujer. Cada gesto tenía una razón de ser, y se notaba que esta pareja había pensado cada detalle desde un lugar de fe genuina.
Después vino la fiesta, y con ella los brindis que sacaron risas y lágrimas por igual: el papá de Daniel recordando cómo aprendió a ser un padre distinto gracias a su hijo; el papá de Judith agradeciendo por el hombre que ahora cuidará a su hija; el mejor amigo de Daniel, Fercho, contando cómo celebraron con un gol al minuto 90 el día que le pidió noviazgo a Judith; y Jessica, su mejor amiga, comparando verla enamorarse con ver una mariposa salir de su capullo.
Entre anécdotas de fútbol, oraciones sentidas y los perritos Nacho y Kiba esperando en casa, quedó claro que la familia Gómez Díaz empieza este camino exactamente como quería: rodeada de las personas que más los aman, con la fe como base y con la certeza de que, pase lo que pase, son un equipo.